Ya hemos estudiado algo sobre la iglesia. Pero lo que hemos estudiado son enseñanzas generales que se aplican a la iglesia en su totalidad. No cabe duda: es importante saber estas enseñanzas porque  son parte de las enseñanzas bíblicas obre el evangelio. Dios quiere que sepamos estas enseñanzas, pues son parte de su mensaje para nosotros. Es decir, las doctrinas sobre la iglesia son parte del evangelio, y nunca debemos quedarnos contentos con solamente una parte del evangelio.

La situación, sin embargo, es semejante a una persona que se va a casar: debe saber lo que la Biblia dice sobre el matrimonio y  saber también de los estudios de los sociólogos, psicólogos, los estudios de la ética sobre el matrimonio, y además haber recibido buenos consejos de personas que han tenido amplia experiencia en el buen matrimonio. Todo esto es bueno y necesario, y no debemos despreciarlo. Todo lo contrario, todos los que se casen deben tener esta información, y, no cabe duda, el tenerla hará bien a los ya casados. Pero, con todo el conocimiento que tenga acerca del matrimonio, él (o la) que hace el compromiso con otra persona para hacer un matrimonio, también debe conocer la persona con quien se hace el compromiso. Los que han leído estas líneas ya saben algo sobre la iglesia en general, pero también deben saber algo sobre nuestra  iglesia en particular, pues es la iglesia con la cual se hace el compromiso al hacer en ella su profesión de fe.

Ya hemos dicho algo sobre el gobierno de la iglesia. Que por ser una iglesia presbiteriana somos gobernados por los presbíteros. Pero, aunque en nuestra cultura usamos la palabra “presbítero” para referirse a los pastores ordenados, y esto en muchas denominaciones, aun en la iglesia romana. La palabra “presbítero” quiere decir anciano; la iglesia presbiteriana se gobierna entonces por los ancianos. El que es designado pastor es uno de ellos, pero en el gobierno participan todos los ancianos. Desde los inicios de la iglesia presbiteriana, bajo este nombre, en tiempos de Juan Knox, alumno y colaborador de Juan Calvino, se ha distinguido entre dos tipos de ancianos, los docentes y los gobernantes. La distinción es legítima y bíblica (cf. I Tim.5:17) y en los tiempos de la Reforma religiosa del siglo XVI [Calvino y Knox eran reformadores] los reformadores restauraron las doctrinas y prácticas de la iglesia primitiva, pero fue Knox que puso el nombre “presbiteriana” a la iglesia reformada en Escocia). En las iglesias presbiterianas mexicanas, desde hace muy poco tiempo, se empezó a llamar al anciano gobernante “anciano de iglesia”, por razones que no son muy claras. La tradicional distinción sirve bien para indicar las diferencias en funciones y hace énfasis sobre el hecho de que los pastores, “los que trabajan en predicar y enseñar”, no son los principales gobernadores de la iglesia, sino lo hacen en conjunto con todos los otros ancianos. Es un gobierno “colegiado”. Algunos dicen “el pastoreado colegiado”, que es muy correcto.

El propósito de mencionarlo aquí es que este tipo de gobierno no puede ser simplemente impuesto; requiere la cooperación y la participación de los miembros de una iglesia. Y esto es más que una aprobación pasiva; es un activo apoyo, sostén e integración en el gobierno de la iglesia y un puntual amparo de los oficiales que llevan la responsabilidad de efectuar el buen orden en la iglesia. Es nuestra opinión que una sincera profesión de fe en Cristo y en su señorío en nuestra vida incluye este apoyo de los oficiales de la iglesia.

Nuestra iglesia también hace énfasis en el crecimiento espiritual de todos los miembros. Por eso, además de los cultos en que insistimos en que la predicación sea una exposición de la Palabra de Dios, la iglesia provee varios ayudas para crecer en la fe. Los medios que la iglesia provee, por supuesto, no están en lugar de la lectura bíblica personal y su estudio y la meditación en la Biblia. Más bien son maneras para complementar estos ejercicios y darles más sentido.

Hay escuela dominical para todos, desde los más pequeños hasta los muy maduros. Los miembros deben aprovechar de estas ayudas para cumplir con su deber al Señor de crecer en la gracia. Hay también estudios bíblicos, en la iglesia y en casas particulares. De la misma manera hay una variedad de sociedades, cada una con sus propias actividades, en donde el compañerismo cristiano es muy importante, pero que casi siempre tiene también un tiempo de enseñanza y aprendizaje. En la iglesia hay posibilidades de iniciar nuevos grupos de estudio bíblico y otras sociedades. Los oficiales de la iglesia están dispuestos de ayudar en esto.

La responsabilidad de madurar es, sin embargo, una responsabilidad de cada miembro. Tiene que asumir esta responsabilidad personalmente, ya que es su deber aprovechar de las oportunidades de crecer en Cristo. Debe aprovechar también de las oportunidades de crecer espiritualmente con una  asidua asistencia a los cultos, normalmente dos veces cada domingo. Es un elemento de suma importancia en la vida espiritual sana y rebosante; el no hacerlo empobrece nuestra experiencia de ser el pueblo de Dios. Hacerse miembro de la iglesia por medio de la profesión de fe lleva consigo esta implicación.

El apoyo de la iglesia, sus actividades, sus programas y sus oficiales, y el recibir por medio de ello grandes bendiciones de Dios tiene también sus expresiones concretas: servir y ofrendar. Con servir queremos decir “prestar servicio”; es decir, tomar de nuestro tiempo para ayudar a realizar actividades y programas en la iglesia. La semana de “Extiende tu mano” es un ejemplo de ello, pero hay muchos más. Pueden ser cosas tan sencillas (pero importantes) como arreglar las sillas para un programa y limpiar la sala después. Puede ser una actividad de mucha confianza como servir de edecán. Hay muchas posibilidades. El lector de estas líneas puede proveer muchas más.

Esto de las ofrendas tiene dos partes, aunque las dos partes son casi como dos distintas actividades, a pesar del hecho de que casi siempre hacemos las dos a la vez. Una de estas actividades es la que muchas veces llamamos “ofrendas voluntarias”. Aunque cuando Pablo escribía a los Corintos (II Cor. 9:7; cf. v.5) acerca de su obligación de dar estaba hablando de una ofrenda especial para los pobres de Jerusalén que habían sufrido una sequía y una persecución, los principios que menciona son validos en general. El primer principio es que debemos planear nuestras ofrendas y prepararnos para cumplir con lo planeado (propuesto). Debemos hacerlo sinceramente (que es la idea de proponer en el corazón). Después de meditar, considerar las necesidades y nuestras bendiciones, tenemos que, sincera y deliberadamente proponer lo que vamos a dar. Luego se habla de la manera. No debemos hacerlo como sufridos, que injustamente tenemos que repartir lo que tenemos, sino como contentos como los que han experimentado la generosidad de Dios y la alegría de poder dar.

La segunda parte de este apartado tiene que ver con ofrecer, pero que realmente no es ofrenda, ya que es una obligación moral. Hablamos, por supuesto, del diezmo. El tema merece una exposición más larga que la que podemos dar aquí. Nuestra iglesia cree en el diezmo, lo práctica e insiste en que es la enseñanza de las Escrituras. Consiste en el reconocimiento de que todo lo que tenemos es de Dios y pertenece a Dios. Nada de lo que tenemos es realmente de nosotros. Dios nos da el privilegio del usufructo de noventa por ciento de lo que ha confiado a nosotros. (“Usufructo” es el privilegio de disfrutar los bienes de otro como si fuesen de nosotros recordando siempre que son los bienes de otro.) Dios quiere que le regresemos, en función de reconocer el pacto que ha hecho con nosotros, el diez por ciento. Este diez por ciento nunca fue nuestro; siempre pertenecía a Dios, pero tenemos el privilegio de “ofrecerlo” a Dios como una celebración del hecho de que vivos en la relación de pacto con Él. El uso de este dinero no está a nuestra discreción; tenemos que darlo a su iglesia, que es el cuerpo de Cristo. Además, a los que cumplen con esta provisión del pacto, Dios ha prometido una especial bendición. Se menciona en varios lugares, pero el texto más claro en cuanto al diezmo y la bendición es Malaquías 3:6-10.No creemos que podemos poner el dar el diezmo como una condición para la membresía en la iglesia, pero sí insistimos en enseñarlo como la voluntad de Dios para todos los que son de su pueblo. Los que hacen profesión de fe en nuestra iglesia deben saber que insistimos en esto.

Somos una iglesia confesional. Tenemos nuestros credos y confesiones. De las ocho confesiones que menciona nuestra constitución, son tres que más usamos. Son: El Catecismo menor de Westminster, El Catecismo de Heidelberg, y La Confesión de Fe de Westminster. Los pastores y todos los oficiales tienen que afirmar que están de acuerdo con el sistema de doctrina enseñado en estas confesiones. Están dispuestos de ser juzgados, en cuanto a la corrección de su fe y enseñanzas por estas confesiones.

Siendo una iglesia cuyas raíces más próximas están en la reforma religiosa de siglo XVI, hacemos énfasis en las doctrinas sobresalientes de esta reforma. Esperamos de los miembros de la iglesia que estén de acuerdo con estos énfasis.

El primer énfasis está en la Palabra de Dios. Creemos que la Biblia es la infalible Palabra de Dios, y es la única guía infalible de fe y conducta. Es decir, la Biblia nos dice lo que tenemos que creer y cómo debemos comportarnos. La Biblia es infalible e inerrante. Esto quiere decir que la Biblia, sin fallar, comunica todo lo que Dios quiere que sepamos, y que lo hace sin errores. La Biblia es nuestra suprema autoridad en todo lo que enseñamos.

La fe no está producida por el hombre solo. No tiene la capacidad de tener la fe salvadora por sus propios esfuerzos. La Biblia enseña que “la fe es por el oír y el oír por la Palabra de Dios” (Rom.10:17)  y “nos hizo renacer para una esperanza viva (…) siendo renacidos, no de simiente corruptible sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (I Pedro 1:4,23). Estos versículos son solamente unos pocos de los muchos que enseñan lo mismo en toda la Biblia. Por eso Pablo dice: “por gracia sois salvos por medio de la fe”; y esto no de nosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8).

Dios nos da la fe por su Palabra. Cualquier fe que brota de otra fuente, que no sea la Palabra, es una fe “espuria”, como los billetes falsos son “espurios”. Debemos notar que la fe no es la causa de nuestra salvación; más bien es el medio. El texto dice por (causa) de la gracia (este es el sentido en griego) y por medio de la fe.

Esto es importante debido a la imposibilidad de salvarnos por obras. Pablo dice que ni “por las obras de la ley” (Gal. 2:16, cf. Efesios 2:9). Si pudiéramos servir a Dios perfectamente, dándole todo de lo que somos capaces, esto no sería más que lo que ya debemos a Él. Si no lo servimos perfectamente y si no damos a Él todo lo que somos capaces, ya hemos fallado. Y, además, somos culpables de muchas desobediencias y rebeldías. No solo no cumplimos, muchas veces hacemos lo contrario, haciendo lo que Dios prohíbe. Entonces ¿con cuáles obras vamos a presentarnos para ser salvos?  Nuestra única esperanza es la justificación por la fe; de ser salvos por la gracia, por medio se la fe.