Venimos diciendo que el (o la) que hace compromiso con otra persona (como, por ejemplo, en el matrimonio) debe conocer esta persona y saber algo de ella. Pasa lo mismo con las organizaciones, y especialmente con las iglesias. Antes de hacer un compromiso con una iglesia se debe saber algo de ella.  Hemos hablado de la doctrina de la Biblia en cuanto a  la iglesia en las lecciones pasadas, ahora, aunque haya algo de repetición, queremos hablar de nuestra iglesia, pues es la responsabilidad de cada persona que hace compromiso con ella tener esta información.

Ya hemos hablado de los sacramentos. Ahora queremos ser más específicos y hablar de ellos tal como los practicamos en nuestra iglesia. En cuanto a la celebración de la cena del Señor, no practicamos la “comunión cerrada”, como algunos lo llaman; es decir, solamente los miembros en plena comunión de esta iglesia local pueden participar.  Practicamos más bien una comunión “guardada”. La comunión “guardada” se realiza cuando al celebrar la Cena del Señor se invita a participar en el sacramento a cada persona que, aunque no es miembro de nuestra iglesia, es miembro en plena comunión en otra iglesia evangélica, y que está de visita con nosotros cuando celebramos la Cena del Señor. Se da la invitación en una forma que se pueda entender que la invitación es solamente para aquellos que son creyentes y miembros de otra iglesia evangélica. No practicamos la “comunión abierta” en que no se hace ninguna discriminación y dejan participar a todos los que quieran.

La Santa Cena no tiene efectos automáticos ni mágicos. Los elementos –pan y vino (jugo de uva)—siguen siendo lo que son –pan y vino. No se convierten en la sangre y cuerpo de Jesús, a fin de que tengamos físicamente a Cristo dentro de nosotros. Los elementos son símbolos que juntos representan el sacrificio de Cristo. En la Santa Cena no se repite el sacrificio de Cristo, pues esto fue hecho una vez para siempre; más bien se simboliza su sacrificio a fin de que nuestra fe en la eficacia de este sacrificio sea fortalecida o robustecida. Tomar los elementos como incrédulo, sin fe, será una burla; será participar indignamente, y no comunicará ninguna bendición especial.

Somos una iglesia que practica el bautismo de los niños, esto es, los niños pequeños,  los “infantes” (“infante” quiere decir “que no habla”). Algunos evangélicos piensan que ésta es una práctica heredada de la iglesia de Roma, y que no es bíblica. Piensan que en este sentido la Reforma religiosa del siglo XVI no fue completa y tenemos que completarla eximiendo la práctica del bautismo infantil.

Tenemos que insistir, en primer lugar, que nuestra doctrina del bautismo infantil (la bíblica) no es la misma doctrina que la de la iglesia romana. De hecho, toda la doctrina de bautismo de la iglesia de Roma es diferentes de la bíblica, tanto para los adultos como para los niños. Para la iglesia romana el bautismo opera automáticamente y hace, en el acto (y por el acto), cristiana a  la persona bautizada, sea ésta adulta o niño. Por lo contrario, tenemos que afirmar que el rito no hace la persona en cristiana; no la “cristianiza”, por decirlo así.

La doctrina del bautismo de los niños es un aspecto de la doctrina del pacto, este compromiso por palabra que Dios hizo con nosotros, a la cual nosotros también estamos comprometidos al recibir sus promesas  y reclamarlas como válidas para nosotros. Al confiar en sus promesas y recibirlas como la base de nuestra relación con Dios como su pueblo, tenemos que vivir en el pacto. Las promesas de este pacto son válidas para nosotros y para nuestros hijos (Hechos 2: 39), y al aceptarlas estamos obligados a comunicarlas a nuestros hijos. Los hijos son una solemne responsabilidad para los padres en su relación con Dios. En el sacramento de bautismo de niños, los padres toman públicamente esta responsabilidad, y al mismo tiempo todo el pueblo del pacto  (la iglesia) está involucrado. Por eso hacemos énfasis en nuestra iglesia sobre la educación de los niños. Ésta es una de las razones principales para mantener en la iglesia una escuela dominical para los niños. Tenemos que ver a los niños como parte integral del pueblo de Dios.

En el Antiguo Testamento, la circuncisión simbolizaba lo que el bautismo simboliza hoy, y se practicaba a los niños de ochos días de edad. Hay muchas instrucciones y direcciones en el Antiguo Testamento acerca del cumplimiento del deber de los padres para con los hijos. Aunque el signo del pacto ahora es el bautismo en lugar de la circuncisión, las obligaciones no han cambiado. Debemos cumplir con ellas de la manera indicada en las Escrituras del Antiguo Testamento. El cambio del signo se ve en Colosenses 2:11-13, donde el texto bíblico indica que no tenemos que practicar la circuncisión (y no debemos practicarla) porque somos circuncidados en la circuncisión de Cristo por medio del bautismo. Siendo bautizados en Cristo, dice el texto, su circuncisión llega a ser nuestra circuncisión, su muerte nuestra muerte y su resurrección nuestra resurrección.

Vivimos en una época en que la manera de realizar los cultos puede distinguir una iglesia de otra. Esto se debe a fuerzas externas a la iglesia, a la cultura sobre todo tal como se manifiesta en la televisión y en los otros medios de comunicación en masa. Todas las iglesias están obligadas a tomar la cultura en cuenta, o como una adaptación de ella o como una reacción contra ella; más generalmente se hace una mezcla de adaptación y reacción con relación a nuestra cultura.

Sin embargo, las diferencias en la forma de realizar los cultos se deben también a fuerzas internas, a los “vientos” de doctrina, especialmente la doctrina del Espíritu Santo y sus manifestaciones. También hay diferencias de opinión en cuanto a lo que el culto es o debe ser.  Los conceptos actuales en cuanto a lo que la forma del culto debe ser y hacer no son claros, ni es claro el criterio para determinar los elementos de un culto. Y, por supuesto, el concepto que se tiene de Dios y de cómo se relaciona con el ser humano es clave para determinar el carácter del culto. Muchas formas del culto proclaman un concepto de Dios que es muy diferente de como Él mismo se revela en la Biblia. Por ejemplo, el culto que rindieron los profetas de Baal, en 1 Reyes 18:25-29, muestra un concepto incorrecto de Dios. Un dios que esté conmovido por la gritería, danzas, flagelaciones, clamor y brincos no es el Dios que se revela en la Biblia.

Usar el culto como entretenimiento para nosotros mismos no es rendir culto a Dios. Las actividades que realizamos y la música que cantemos pueden ser perfectamente legitimas en celebraciones familiares y entre amigos, y podemos disfrutar legítimamente con ellas, pero no debemos pensar que lo que a nosotros nos da gusto no es necesariamente lo que glorifica a Dios. Tenemos que recordar que el culto no es, en primer lugar, una oportunidad para el hombre de expresar sus sentimientos religiosos, o de dar rienda suelta a su innata religiosidad. Su religiosidad se expresa en toda su vida, en su sociedad, en sus valores, en su dedicación al servicio al Dios conocido en su revelación, y no solamente en los momentos ritualizados. La práctica religiosa, en respuesta a la Palabra de Dios dirigida a nosotros, no se concentra en una ceremonia, sino en toda la vida, con sus momentos especiales de estrecha relación con Dios.

Por eso, en lugar de una ceremonia, se ha caracterizado el culto como una conversación con Dios, un diálogo estructurado. No es un drama actuado, una presentación teatral en que todos pueden participar, sino un verdadero diálogo. Realizamos el hecho de que somos el pueblo de Dios, una comunidad en comunión con Dios. Dios habla a nosotros y nosotros hablamos a Dios. Es verdadera esta caracterización, aunque hay mucho más se pueda decir, por supuesto, y quizá algún día debemos estudiarlo más. Sin embargo, éste es el enfoque correcto.

En nuestra iglesia solemos estructurar el diálogo de la siguiente manera, aunque no debemos pensar que ésta es la única manera de hacerlo, y aun entre nosotros hay variaciones, y puede haber más. Normalmente nuestros cultos siguen este orden:

Empezamos, en la primera parte a dirigirnos a Dios, “invocamos” su Nombre. Los himnos, las lecturas bíblicas se seleccionan con este fin, y la oración de “invocación” es el punto clave.

En la segunda parte recordamos la esencia del evangelio: pecado y perdón. Esta verdad es básica en toda relación con Dios, especialmente en nuestra conversación con Él. Es el evangelio lo que nos hace en pueblo de Dios. Las lecturas son escogidas en relación con estos temas. Usamos actualmente las palabras “advertencia” y “promesa” para hacer resaltar esta verdad. Los himnos son escogidos como respuesta a las verdades presentadas en la Palabra de Dios. Es un verdadero diálogo.

En la tercera parte damos énfasis sobre el hecho que somos un pueblo, el pueblo de Dios. Nos saludamos como “hermanos en Cristo” y ciudadanos de su reino. Acentuamos el hecho de que es su pueblo, el que viene a escuchar y hablar a Dios. Esta parte termina con la oración congregacional. De hecho, los saludos y (si hay) los avisos son como “preludio” a nuestra entrada en la presencia de Dios. En esta oración, el pastor (u otro oficial de la iglesia) funciona como el portavoz del pueblo. En esta oración se expresan nuestra alabanza, adoración, gratitud, dependencia, confesión, arrepentimiento y los deseos como pueblo de servirle haciendo su voluntad. Este no es el momento de “individualizar” o fragmentar el pueblo haciendo énfasis en las necesidades, preocupaciones y deseos individuales.

Después, en la cuarta parte del culto, hablamos a Dios como pueblo, en un lenguaje sincero, elocuente y claro: los diezmos y la ofrenda. (Ya hemos hablado de esto antes, pero aquí lo mencionamos como parte del culto.) Dios entiende perfectamente bien este lenguaje. Los diáconos, los pastores y los otros oficiales de la iglesia no saben de la cantidad de la ofrenda, ni (lo que es más importante, aunque muy relacionado) la actitud con que diezmamos u ofrendemos. El propósito esencial de las ofrendas no son financieros, sino una parte integral de nuestra conversación con Dios. Por eso, es parte del culto, una parte esencial, y debemos pensar en los diezmos y ofrendas como una participación nuestra, sincera y elocuente, de nuestro diálogo con Dios.

Luego viene una parte que puede ser optativa, es decir, no tiene que estar presente en todo culto. Puede ser eliminada sin destruir la esencia del culto. Esta es la participación del coro u otros grupos musicales, o un solista. En algunas iglesias este número no suele ser parte del culto, porque fácilmente se convierte en entretenimiento. El coro y los otros cantantes deben tomar la parte de una de las dos partes en este diálogo: Dios y el pueblo. Tienen que cantar una parte o una verdad de la Palabra, a la congregación, o tienen que cantar de parte de la congregación, a Dios. Es decir, toman parte en la conversación, y su “presentación” no es entretenimiento. Nuestros coros entienden esto.

La siguiente parte es la proclamación de la Palabra de Dios. Tiene que ser una exposición de la Biblia, y no simplemente un discurso inspirador. Los oficiales y la congregación deben asegurarse de ello. Es la responsabilidad de todos. Ya hemos hablado de esto antes.

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