Ahora tenemos que terminar la descripción del culto que realizamos en nuestra iglesia. Hemos dicho que el culto es una especie de conversación o diálogo entre Dios y su pueblo. Nosotros hablamos con Dios en nuestras oraciones, cantos y, en especial, en la ofrenda. Dios nos habla principalmente en la lectura y en la exposición de su Palabra, esto es, por medio de la Biblia. En el culto, cuando venimos a conversar o dialogar con Dios, lo principal, el meollo mismo de la conversación es cuando Dios habla con nosotros, Por eso, la proclamación de su Palabra tiene que ver con a la esencia misma del culto. En nuestros cultos este elemento ocupa un cuarenta por ciento del tiempo y el resto del culto, de una manera u otra, apunta hacia esta proclamación.

No cabe duda: la forma en que nosotros estructuramos este diálogo no es la única manera de hacerlo, sin embargo, lo esencial, el sine qua non de cualquier culto es la parte en que escuchamos a Dios. Y es la parte en que, aunque no lo pedimos, recibimos las más grandes bendiciones. Una reunión con fines religiosos en que no se escucha a Dios no es culto, aunque tenga un ritual muy elaborado y una ceremonia impresionante. Por eso, tenemos que tomar precauciones para que en el momento de la predicación, ésta sea una verdadera exposición de la Biblia. Los pastores, los oficiales de la iglesia, y todos los miembros deben estar muy vigilantes en cuanto a este asunto. Una forma de hacerlo es escuchar el sermón con la Biblia abierta y seguir el texto, punto por punto, mientras se escucha la exposición. Es una manera para estar seguro de que lo que se oye en el sermón es la Palabra de Dios.

Una práctica, muy usual en nuestro país, que puede ser peligrosa, aunque muchas veces es muy informativa e instructiva, es la de presentar una opinión,  una “verdad”, o un pensamiento del predicador y luego buscar una serie de textos bíblicos para sostener esta idea o pensamiento. Este es el método predilecto de las sectas. Los textos, a fuerza, tienen que tomarse fuera de su contexto y son seleccionados porque (aparentemente) sostienen el pensamiento del predicador. Sin lugar a dudas; en manos de un maestro sincero y experimentado este método puede dejar buenos resultados y edificar a los oyentes, pero sigue siendo un método peligroso. Es una manera de presentar el pensamiento humano como si fuese la Palabra de Dios.

El último momento de este diálogo consiste también de dos partes: la bendición y la doxología. En nuestra iglesia normalmente usamos la bendición “apostólica” (II Corintios 13:14)  y, ocasionalmente, la bendición “Aarónica” (Números 6:24-26). La bendición es una Palabra de Dios para su pueblo. Son las palabras con que Dios envía a su pueblo a servirle en todas sus actividades cotidianas, asegurándoles que en estas actividades Él está en medio de su pueblo. La bendición no es simplemente el buen deseo del predicador, una muestra de su cariño, sino una declaración de bendición de parte de Dios. Y la bendición se dirige al pueblo reunido, es para las personas que ahí están presentes, Dios habla a ellos. Dios, en esta ocasión, no se dirige a los que no están presentes. No tiene sentido, entonces, bendecir a los que no están: los familiares, parientes, amigos y vecinos. El pastor pronuncia estas palabras de parte de Dios, y el pueblo las recibe como palabras de Dios.

La palabra “doxología” quiere decir palabra de glorificar (de doxos [gloria] y logos [palabra], la “gloria-palabra”). La que cantamos nosotros, por supuesto, no es la única doxología, pero las palabras son muy adecuadas como marcar una suspensión temporal de estos momentos de conversación para ir y dedicar nuestras actividades… “a Dios el Padre celestial …al Hijo nuestro Redentor … y al eternal Consolador”.

Si es cierto que el culto es un diálogo estructurado entre Dios y su pueblo, una conversación lograda con el debido orden, entonces, es claro que ciertas actividades no caben en este diálogo.  Puede haber algunas canciones, que expresan sinceros sentimientos cristianos, y que pueden ser muy apropiadas para un campamento, una reunión de niños, o jóvenes, o en una reunión nostálgica de un grupo de personas de la tercera edad, o aun en reuniones sociales, de cumpleaños, aniversarios o “pícnics” familiares, pero no caben bien en esa conversación que el pueblo realiza con Dios. El criterio de selección no puede ser simplemente “lo que nos gusta”, sino debe ser lo que dignamente puede formar parte de la conversación. El “principio regulativo”, entonces, en cuanto al culto es este: se incluyen como elementos del culto solamente los elementos que están de acuerdo con la autorrevelación de Dios en las Escrituras y los que caben bien en el diálogo o conversación que se realiza entre Dios y su pueblo. Esto excluye los elementos que pueden ser placenteros, edificantes y apropiados para otras ocasiones, pero que no cumplen con los criterios del culto.

Sin embargo, tenemos que insistir en que toda la vida es religión y, aunque los cultos son los momentos cuando los ciudadanos del Reino de Cristo se reúnen para conversar con Dios y recibir de su Palabra la instrucción y poder que necesitan para vivir como ciudadanos del Reino, esto no es la totalidad de la vida religiosa o, como algunos dicen, espiritual. El “culto, en el sentido en que hemos estado empleando la palabra tiene que ver con momentos “estructurados”, con un “orden del culto” y, en este sentido, es una ceremonia. Hay aún otro sentido de la palabra en que podemos decir que toda la vida es culto.  Por supuesto, cuando decimos esto damos otro sentido a la palabra “culto”, debemos de tener cuidado de no confundir los dos sentidos.

Aunque hay momentos de “comunidad” en el pueblo de Dios cuando realizamos estas conversaciones como pueblo, es decir, como el pueblo redimido, pero estos no son los únicos momentos en que estamos en la presencia de Dios, ni los únicos momentos en que conversamos con Dios. Toda la vida la vivimos en presencia de Dios y en cierta “conversación” con Dios. El culto (en el primer sentido) está en función del culto (en el segundo sentido). Aunque el primer sentido está subordinado al segundo; el segundo es imposible sin el primero. El primer sentido desemboca en el segundo, y el segundo arranca del primero. Los dos sentidos de la palabra “culto” forman una unidad, como mancuerna, que sirve solamente si los dos sentidos están presentes.

Por eso, en nuestra iglesia no aceptamos la separación de la vida en dos partes: lo espiritual y lo secular, lo sagrado y lo terrenal. Tenemos que vivir para Dios en todo nuestro ser creado, cuerpo y alma, en el mundo que ha creado. Toda la vida entonces es sagrada y todo lugar es santo (si no fuera así no podríamos profanarlo). Esperamos de los miembros de la iglesia entonces que vivan cristianamente en toda su vida. Si hay una profesión u oficio en que uno no puede vivir cristianamente, como, por ejemplo, ladrón, traficante de drogas, prostitución, o secuestrador de niños, el cristiano no puede ejercer esta profesión u oficio.

En la vida familiar también se vive en la presencia de Dios, y allí también tenemos que cumplir  con su voluntad revelada. No hay área o esfera neutral en nuestra vida. El (o la) que hace su profesión de fe en una iglesia se compromete poner todas las áreas de su vida al servicio al Señor. Los padres que descuidan o maltratan a sus hijos, por ejemplo, se ponen bajo la admonición de la Palabra de Dios, administrada por los oficiales de la iglesia. Y este “descuido” de los padres puede ser que sean negligentes en administrar la debida disciplina, y los padres culpables de ello deben recibir (y aceptar) la admonición de los oficiales de la iglesia. Lo mismo se aplica a los hijos rebeldes. Asimismo a los matrimonios que no viven en armonía, cuando hay abuso o violencia, etc. Y también los que son defraudadores en la sociedad o en su trabajo. Por eso, en el momento de hacer pública su profesión de fe se pregunta a los candidatos si están dispuestos, en caso que sea necesario, a recibir la admonición de los oficiales de la iglesia.

Aquí nos referimos a lo que comúnmente se llama la “disciplina” en la iglesia. Ya nos hemos referido a la disciplina como una “marca” de la iglesia; aquí recalcamos sobre el hecho de que la disciplina en nuestra iglesia no está en función de excluir miembros, ni purificar la iglesia de los miembros que no se portan bien, más bien de rescatarlos de malos hábitos, del poder del pecado, y restaurarlos como buenos ciudadanos en el Reino de Cristo.

El vivir cristianamente en el mundo de hoy (no hay otro lugar para vivir) es una ocupación de tiempo completo. Requiere un conocimiento reflexivo-critico del mundo en que vivimos. Este enfoque lo podemos conseguir solamente en la Palabra de Dios. Por eso, tenemos que ser diligentes y asiduos en su lectura, en su estudio y en  escuchar la exposición de ella. Es indispensable para entender nuestro mundo. Si no tenemos este criterio, el mundo nos llevará; y ser llevado por el mundo no es entenderlo, es más bien ser engañado por el. Por eso, en nuestra iglesia insistimos en una asistencia constante, regular, asidua, habitual, y consuetudinaria en los cultos, en los cuales la iglesia tiene la obligación de cumplir con la fiel y profunda exposición de la Palabra de Dios.

Cada persona que toma sobre sí las obligaciones de hacer un compromiso con Dios y su pueblo, por medio de su profesión de fe, ha entrado en una “profesión” de por vida, y (como hemos dicho) de tiempo completo. Requiere esfuerzo, resolución y determinación. Es la “profesión” más sublime, gozosa y satisfactoria que hay, o que puede haber. Necesitamos mucha ayuda, pero Dios está con nosotros, y concretamente está con nosotros en los ministerios de la iglesia. No podemos cumplir por nosotros solos, pero en Cristo somos más que vencedores. Ya tenemos la victoria en Cristo. Es seguro, pero no debemos descuidar los “medios de gracia”. Ir a escuchar la Palabra solamente una vez los domingos, y nunca entre semana es empobrecernos, y darnos raciones pequeñas de lo único que puede asegurarnos la verdadera felicidad en la vida. Si nos llenamos tanto que sea posible con las “vitaminas” espirituales, el resultado será una vida más abundante (en bendiciones espirituales, que son las únicas que realmente valen).

En esto de la felicidad, el mundo nos engaña. Estos miserables del mundo quieren convencernos que no estamos felices, cuando los verdaderos infelices son ellos. Pero, ya que no saben la que es la felicidad, piensan que nosotros tampoco lo tenemos, y muchas veces nos dejamos convencer. Pero el mundo no es feliz. Los del mundo tienen problemas y preocupaciones más profundas y más numerosas que nosotros, por eso abundan entre ellos más vicios, suicidios, odios, venganzas y decepciones  que entre los cristianos. Al hacer su profesión de fe, el creyente en Cristo entra en la sociedad de los verdaderos felices.