Venimos hablando de la fe, y hemos notado que la fe no es producida por nosotros mismos; más bien es producida en nosotros por la Palabra de Dios, la Biblia. Ahora bien, esto es cierto; es una verdad, y es importante que la sepamos y la creamos, pero el asunto es un poco más complicado, aunque no podemos descartar esta forma tan sencilla de decirla.

La Biblia es la revelación especial de Dios. Existe también una revelación general de Dios. Las dos son revelaciones de Dios, y, por supuesto, se complementan, pues el mismo Dios es autor, origen y fuente, de las dos. Sin embargo, hay una diferencia y nos conviene poderlas distinguir.

La revelación general se llama así porque se dirige a la humanidad en general. Es una revelación que ningún ser humano puede ignorar ni escapar. Es el testimonio que el Dios Creador ha dejado de Sí mismo en todo lo que ha hecho, y en todo lo que hace. Solemos decir que esta revelación está en la creación y en la providencia de Dios.

Cuando vemos todo lo complicado del universo y lo magnífico de todo lo creado, cuando vemos el sentido y el diseño en la creación, la complejidad de las leyes de la “naturaleza”, y la belleza que hay en la creación, todo esto nos habla de la grandeza, la sabiduría y el poder del Dios Creador. Cuando el incrédulo sabe algo de lo bueno y lo malo, de lo correcto y lo equivocado, y cuando hace algo recomendable, Pablo dice (Romanos 2:15) que eso se debe a que tiene  la ley de Dios escrita en su corazón. El hecho de que todo ser humano está hecha a la imagen y semejanza de Dios quiere decir que cada uno tiene esta ley en su corazón; eso es también la revelación general. El hecho de que el ser humano no cumple con esa ley, y que es rebelde y desobediente, es otra cosa. Pablo también dice (2:1) que todo eso lo deja sin excusa.

Sin embargo, aunque la revelación general es disponible a todos, también es ineludible  e inevitable y, además, condena a todos, dejándonos sin excusa. Vemos entonces que no es suficiente para proveernos una base para nuestra fe. Podemos concluir de la revelación general que un Dios existe, pero no nos da su Nombre y no sabemos quién es. Debemos concluir de la revelación que somos pecadores, pero no nos habla de un Salvador. Es lógico y lo podemos deducir de la revelación general que debemos adorar y servir el verdadero Dios, pero no nos dice cómo. Necesitamos otra, una revelación especial. Adán y Eva, en el huerto de Edén, aunque fueron perfectamente capaces de entender la revelación general, pues todavía no habían pecado, tuvieron el privilegio de tener también otra revelación, una revelación especial, ya que Dios venía a hablar con ellos “al aire del día”, y cuando Dios habla, es la Palabra de Dios lo que oyen los que le escuchan.

El ser humano fue creado para tener comunión con Dios por medio de la Palabra de Dios, es parte de su naturaleza, quizá la parte principal. No sabemos precisamente lo que comunicó Dios a Adán y Eva en estos momentos, pero no era una de estas conversaciones para “llenar el tiempo”; sin duda Dios comunicaba información necesaria y útil al ser humano para vivir en comunión y servicio

Pero, después del pecado, el ser humano tenía una nueva necesidad. Él necesitaba la salvación. La revelación especial tenía que darle la información que ya no recibía, por su pecado,  y más todavía, ahora tenía necesidad de una información que no necesitaba antes,  cómo salvarse. Además, ahora que andaba lejos de Dios, andaba mal, y por no estar en comunión con Dios, pensaba mal. Se equivocaba constantemente, a veces no adrede, pero casi siempre a propósito, porque en lugar de amar a Dios y a su prójimo, los odiaba. El ser humano tenía una urgente necesidad de la revelación especial. Y esta revelación tenía que ser informativa y correctiva.

La revelación especial que Dios misma da, en relación con esta necesidad, es altamente informativa. Nos da información de Sí Mismo, sus Nombres, su pensamiento. También nos da información de nosotros mismos, de nuestra naturaleza como creados por Él, y cuáles son nuestras verdaderas necesidades. Sobre todo nos informa de su gracia que resulta en nuestra Salvación. Sin esta información nadie puede salvarse. Este es uno de los temas mayores de la Biblia, a través de ella, Dios nos enseña cómo Él Mismo dirigió la historia a fin de que se realizara en ella nuestra redención. Además, Dios se nos presenta en su Palabra; tenemos comunión con Dios por medio de su Palabra. Ahí nos encontramos con Dios.

Al mismo tiempo, asimismo, la Revelación especial, la Biblia, también es correctiva. Atrapados en el pecado, sin comunión con Dios, con nuestra naturaleza destruida, nos equivocamos constantemente. Y constantemente  necesitamos corrección. La falta de información, y de nuestras tendencias, rebeldías, desobediencia y actitudes, hacen que todo lo que hacemos y pensamos está contaminado por el pecado. Tenemos el pecado en todas partes. (Llamamos esto la “depravación total”.) Cuando somos cristianos queremos pensar correctamente, sobre todo en cuanto a Dios. Y si pensamos en Dios, sin basar nuestro pensamiento en su revelación, pensamos mal de Dios. Pensamos mentiras y errores de Dios, y esto nos aleja más todavía de Él. Pensar erróneamente de Dios es lo contrario de alabarle. La Biblia, si ponemos atención a ella, corrige nuestros pensamientos, actitudes y motivos. La revelación especial, la Biblia, la Palabra de Dios nos da la corrección que necesitamos; la revelación especial es pues correctiva.

La revelación especial, esa habla de Dios escriturada, nos llega por inspiración. Por la inspiración Dios hizo disponible a nosotros su Palabra. Debemos entender, entonces, que es esta inspiración.

Hay dos aspectos básicos de la inspiración que debemos entender bien. Estos dos aspectos están expresados claramente en la Biblia misma, por dos textos de dos distintos apóstoles, Pablo y Pedro. Los dos textos son: II Timoteo 3:16 y Pedro 1:21. Por supuesto, se deben leer los textos junto con sus contextos. El primer texto habla de la fuente o el origen de la revelación especial, y el segundo de su método de su  realización.

Las palabras griegas son traducidas al castellano en una sola, o sea, “inspiración”, pero son dos distintas palabras en su idioma original. Los dos son correctamente traducidas como “inspiración”, pero cada una se refiere a un aspecto distinto, que juntos dan la idea completa.

La primera palabra, que se emplea en II Tim. 3:16, es teopneustos. Teo=dios y pneustos=soplado, entonces el vocablo quiere decir dios-soplado, o mejor, soplado por Dios. Cuando decimos que toda la Escritura es inspirada por Dios, como dice el texto, hablamos del origen de esta escritura. Empieza con Dios, y, por así decirlo, desde adentro de Dios. Para que podamos entender, Dios se compara con nosotros y con cómo hablamos. El aire, cuando hablamos, sale desde adentro de nosotros, desde el diafragma (dicen los oradores y cantantes), desde muy adentro, y pasa por las cuerdas vocales. Estos sonidos los formamos y articulamos por la boca y escuchamos no solamente sonidos, sino palabras. Entonces, lo que nosotros decimos es “soplado por nosotros”, en este sentido.

Usando esta analogía (comparación e ilustración) Dios nos explica el origen de las Escrituras. Tal como lo que decimos nosotros se inicia dentro de nosotros, lo que dice Dios tiene su origen en Él. Él Mismo, personalmente, es la fuente, causa, comienzo, génesis, autor, generador, y principio de su Palabra. Lo decimos en esta forma enfática para insistir en que  cualquier otra explicación que se de para explicar la existencia de las Escrituras va en contra de su naturaleza.

Pablo no deja duda de lo que está hablando. Son las Escrituras, las que Timoteo conocía desde su niñez. Estas son las que llamamos el “Antiguo Testamento” hoy en día; son los libros de la Biblia desde Génesis hasta Malaquías. Muchos de los libros del Nuevo Testamento no habían sido escritos todavía y los que ya habían sido escritos todavía no circulaban. Un poco más tarde, Pedro incluye las cartas de Pablo en su lista de Escrituras y dice que son como las “otras” Escrituras, (II Pedro 3: 15-16.)  Esta es prueba de que los apóstoles mismos reconocían las cartas de Pablo como “Escrituras”.

Estas Escrituras, la revelación especial, puede hacernos “sabios para la Salvación” (II Tim. 3:15). Y esta salvación es “por la fe que es en Cristo Jesús”. Entonces estas Escrituras nos dan la salvación que es por fe, pues son ellas lo que nos dan la fe.

El segundo aspecto nos es dado por otra palabra que se traduce “inspiración”. Esta palabra es “ferómenoi”, traducida “siendo inspirados”  en II Pedro 1:21.  La raíz de la palabra es ferien, que quiere decir “llevar”, “cargar”. Se puede traducir el versículo entonces diciendo que “los santos hombres de Dios hablaron ‘siendo llevados o cargados’ por el Espíritu Santo”.  Nos llega a la mente la imagen de una madre o un padre levando en sus brazos el niño, cargándolo a fin de que el niño pueda hacer lo que los dos desean.

La primera palabra habla de la fuente, origen y causa de las Escrituras; esta segunda palabra nos habla del método para realizar la revelación especial, o sea, las mismas Escrituras. Después de “lanzar su palabra al aire”, Dios no la dejó allí flotando, sino la cuidaba con esmero, llevando en sus brazos los instrumentos que Él había de  usar para hacernos llegar su Palabra.

Este cuidado es la certeza de que las Escrituras que tenemos son la verdadera Palabra de Dios. Los profetas dan testimonio de este cuidado. Isaías y Jeremías, por ejemplo, junto con los otros profetas hablan de la encomienda divina de comunicar la Palabra de Dios. Esta providencia especial hace que las palabras que pronuncia el profeta, cuando Dios manda que hable y  dé el mensaje, sean la verdadera Palabra de Dios.

El cuidado de Dios, de llevar en sus brazos a sus mensajeros, hace que podamos estar seguros de que el mensaje que nos dan sea el mensaje de Dios. Los profetas dicen lo que Dios quiere que digan, y lo dicen precisamente tal como Dios quiere que lo digan. Las Escrituras tienen entonces la autoridad de Dios mismo, y su mensaje es “digno de ser recibido de todos” (I Tim. 1:15).

Este cuidado incluye la “escrituración” de la Palabra de  Dios. Dios mismo mandó a Moisés, y a los profetas, que escribieran en un libro. El hecho de que Dios los llevaba nos asegura  que lo que escribieron es la misma Palabra de Dios. Está en forma permanente; podemos volver constantemente a consultarla. De hecho, tenemos que hacerlo. Esta Palabra, ya escrita por mandamiento, provisión y cuidado especial de Dios, siendo disponible a nuestro estudio, es nuestra principal tarea.  La enseñanza bíblica de la inspiración es una doctrina consoladora, que nos da confianza y seguridad. Y, por supuesto, es una tarea.