Si creemos en alguien, tenemos que tener conocimiento de él (o ella). Si creemos algo, es decir, si afirmamos algo como la verdad y digno de toda nuestra confianza, tenemos que saber lo que es este “algo”. No podemos creer sin saber: como tampoco podemos saber sin creer. En esta lección queremos crecer espiritualmente y saber mejor lo que creemos.

Ya hemos dicho que en la iglesia primitiva se escribieron credos para resumir lo que sabían (por la Biblia) sobre Dios, El Hombre, La Salvación, La Iglesia y la Vida Venidera, que era al mismo tiempo el contenido de su fe. El Credo más usado, y que todavía se emplea, es el “Credo de los Apóstoles”[1], que nosotros también vamos a usar como un resumen de lo que sabemos sobre  estos temas, o sea, cual es el contenido de nuestra fe.

Hemos notado que la enseñanza básica del Credo es la del Dios Trino. Vamos a comenzar a partir de esta enseñanza. Empezamos, por supuesto, con lo que creemos acerca de la primera Persona de la Trinidad. En el credo afirmamos tres cosas acerca de la primera persona de la Trinidad: 1) es Padre, 2) es Todopoderoso, y 3) es Creador. Afirmamos estas tres cosas porque Dios así se ha revelado en su revelación especial.

La primera persona de la Trinidad es Padre, es nuestro “Padre Celestial”, y la Biblia dice “El Padre de nuestro señor Jesucristo”. Es Nombre de Dios (porque sí es nombre), pues nos enseña que Dios establece una relación personal con la criatura hecha a su imagen. La relación es de Padre/hijo. El pecado rompió esta íntima y amistosa relación. No obstante, la historia de la Biblia después del pecado es una historia de cómo Dios el Padre efectuó el restablecimiento de esta relación, que fue hecho de nuevo una realidad en la obra de nuestro Salvador Jesucristo. Es una obra que realizó cumpliendo con la voluntad del Padre. En este sentido fue el Padre Mismo que nos dio la Salvación, perdonándonos por la obra de Cristo, que Él Padre Mismo había enviado. Debemos tener todo esto presente cuando llamamos a Dios, “Dios Padre”.

Dios Padre es el Todopoderoso. Es soberano, y no puede haber dos “soberanos”, porque si fueran dos, cada uno limitaría al otro y ninguno de los dos sería “soberano. Como Todopoderoso, Dios es la fuente de todo poder, energía, fuerza y vida. No hay limites a su poder; no es “impotente” en sentido alguno. Se oye a veces un dicho así: “Dios ha hecho todo lo que puede, ahora tú tienes que hacer tu parte”. La intención de animar a uno a hacer algo quizá se puede tolerar, pero el concepto expresado en la frase es totalmente equivocado.

El Dios Padre Todopoderoso es también el Creador. Todo debe su origen a Él, y todo lo que hay por Él fue hecho. En Hebreos 2:10 dice que todas las cosa existen por Él; en 1:3 dice que Él sustenta todas las cosas; en 11:3  dice que por la fe entendemos que todo el universo ha sido creado por la Palabra de Dios. A veces pensamos que solamente los primeros dos capítulos de Génesis hablan de la creación, pero la verdad es que toda la Biblia habla de ella. El sentimiento de Salmo 100:3, por ejemplo, se extiende por toda la Palabra de Dios. Aquí, en esta lección, no podemos explorar al fondo la doctrina de la creación, pero debemos afirmarla y saber que es una doctrina que afecta todo nuestro pensamiento. Siempre tenemos que contemplarnos como una obra creativa de Dios y ver a todo lo demás también como la obra de Dios.

Junto con la doctrina de la creación, y casi como una extensión de ella, tenemos que afirmar la providencia de Dios como una enseñanza bíblica. La providencia de Dios es su activo poder de sostener, dirigir, conservar y preservar todo lo que ha creado. Dios no suelta su creación; ésta camina por las leyes de su Creador porque así  lo ha decretado. La conduce a cumplir con sus propósitos, que son para su propia gloria. Dentro de la providencia general, que cuida a toda su creación, está su propósito especial, el de formar, conservar y bendecir a su pueblo, para una alabanza especial a su Nombre.

Ya hemos estudiado muy brevemente lo que el credo resume acerca de la doctrina de la primera persona de la Trinidad. Avanzamos, entonces al estudio de la segunda persona, que es un poco más detallado. Afirmamos: “Creo en Jesucristo.

La afirmación en el griego original decía “creo en Jesús el Cristo” que es la forma más correcta para decirlo. “Jesús” es el nombre, y “Cristo” es su oficio. El nombre “Jesús” quiere decir “Jehová salva”, y la palabra “cristo” quiere decir “el ungido” [para ser rey]. El término “Cristo” es la traducción de “Mesías”, del hebreo, que también quiere decir “ungido”. La expresión que usamos, entonces, para referirse a nuestro Salvador es “Jesús, el Mesías”.  Recordamos que Cristo, en griego, y Mesías, en hebreo, tienen el mismo sentido, es más fácil identificar a nuestro Salvador en el prometido Redentor desde el Antiguo Testamento.

Cuando decimos que “creemos” en Jesucristo, decimos mucho más que al decir que una vez existía una persona con este nombre. Afirmamos mucho más.  Decimos que sabemos que todo lo que la Biblia dice de Él es la verdad, y que todo lo que es y lo que ha hecho tiene suma importancia para nosotros. Tenemos que preguntarnos. ¿Quién es y qué ha hecho para que sea tan importante para mi afirmar mi fe en Él?

Para empezar, decimos que es el “único” [o unigénito] hijo de Dios. Con esto afirmamos la divinidad de Jesús. Confesamos que Él es Dios Mismo, la segunda persona de la Trinidad. No hay nada, ni nadie, aparte de Dios, que tenga la naturaleza de Dios. El afirmar que Jesús es el único, o sea, Unigénito Hijo de Dios, entonces, es un artículo especial de nuestra fe. Y es una verdad necesaria para nuestra salvación, ya que un salvador, no divino, no nos sirve.

Este Jesucristo, según el credo es el Señor Nuestro. Es aquel a quién debemos obediencia, servicio, honor, fidelidad, reverencia, honra, respeto, lealtad, sumisión sincera y absoluta obediencia. El que no rinde esto a Jesucristo no puede llamarle “Señor Nuestro”. Su voluntad ha de ser suprema y soberana en nuestra vida. Y, lo que es más, tenemos que esforzarnos para saber su voluntad para ponerla por obra. Llamar a Jesucristo “Señor” implica que no hay otro. Él es nuestro señor.

Aunque no usa la palabra, el Credo hace referencia a la encarnación. La encarnación es la palabra que usamos para insistir en que la segunda persona de la Trinidad, Dios Mismo, se hizo carne y moraba entre nosotros. Esta es la importancia de profesar que Jesús “fue concebido del Espíritu Santo (y) nacido de la Virgen María”. El proceso de la encarnación se inició con el Espíritu Santo. La encarnación fue de iniciativa divina.

Pero Dios lo hizo, y lo hizo aquí en la tierra. Usó el vientre de una mujer, una mujer como todas las demás, una mujer real, verdadera, de carne y hueso, de emociones y pensamientos. Y de fe. La Biblia, tanto en el evangelio de Lucas como el de Mateo da la historia de este gran evento. La encarnación es una realidad histórica. Pablo, más tarde hace referencia al hecho también. La resurrección, también dato histórico, no hubiera sido posible si la encarnación fuese un mito. Sin la encarnación, que hace posible una resurrección, no pudiéramos predicar las promesas del evangelio.

Los sufrimientos de Jesucristo también fueron reales. El tiempo esta mencionado; fue bajo el poder de Poncio Pilato. El énfasis es sobre lo concreto. No es solamente que Jesucristo sufrió, en general, bajo el poder de algún gobierno pagano, sino uno muy concreto, con fechas y personas. No debemos pensar que Poncio Pilato fue el único para perseguir a Jesús. Los dirigentes de los religiosos, tanto los fariseos como los saduceos, se juntaron con los influyentes políticos estuvieron involucrados también. Pero lo hicieron en el régimen de Poncio Pilato. La sumisión de Jesús a los injustos gobernantes fue parte de su humillación, o sea, un aspecto del cumplimiento de su tarea de Salvador.

En lo que sigue, en una sola afirmación, decimos tres cosas: Jesús fue 1) crucificado, 2) muerto y 3) sepultado.  La manera de decirlo “en un solo soplo” muestra  claramente que los tres conceptos están íntimamente relacionados. La idea básica viene de la palabra “crucificado”. La muerte por crucifixión se daba solamente por sentencia oficial. Para que hubiera una crucifixión el reo tenía que ser condenado a esta sentencia, no solamente a muerte, sino a muerte de cruz. Cuando afirmamos que fue crucificado, anunciamos que fue condenado como criminal al más severo castigo en el código penal del emperio romano. Sin embargo, lo importante no es la severidad, sino el hecho de que Jesús cumplió oficialmente con la sentencia. Esto, por supuesto no mitiga la severidad de la sentencia.

La muerte se menciona para indicar que la sentencia se aplicó en todo su rigor. El énfasis del Credo está en que Jesús sufrió la sentencia a la muerte por nosotros, en nuestro lugar. Con la crucifixión, que resultó en la muerte, la sentencia está pagada; no es necesario pagarla de nuevo. Se menciona la sepultura como una pública declaración de que Jesús era real y oficialmente muerto. Verdaderamente estaba muerto.

Aunque algunos teólogos quieren quitar la frase “descendió a los infiernos”, del Credo, nosotros estamos a favor de reconocer el Credo en su forma histórica, y, además, creemos que la doctrina es bíblica e importante. Esta afirmación nos enseña que Jesucristo pagó todos los sufrimientos del infierno que habíamos de sufrir nosotros, al no ser perdonados de nuestros pecados. Somos librados de sufrir una eternidad en el infierno porque Jesús cumplió con todo lo que estaba en nuestra contra.

No debemos pensar que Jesús tomó una serie de pasos, y que el último paso de la realización de nuestra redención era un descenso al infierno. Se toma como un resumen, una caracterización de todo el proceso de la efectuación de nuestra redención. La frase que más caracteriza todo aquello es la que Jesús pronunció en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

El texto que parece hacer una alusión directa al descenso al infierno se halla en Efesios 4:9-10, donde se hace referencia al descenso de Jesús a las “partes más bajas de la tierra”. Hace énfasis también que la muerte que Jesús sufrió por nosotros no fue solamente una muerte física, sino una muerte en todas sus dimensiones espirituales. Después de todo, la muerte física es el aspecto visible, palpable de nuestra verdadera muerte; no es la totalidad de ella. Jesús sufrió por nosotros la totalidad de la sentencia de la muerte que estaba en nuestra contra, incluyendo la total separación de Dios y todas las angustias y penas de estar donde nada hay de Dios y de su bondad. Nuestra salvación en Él es completa, porque los sufrimientos de Él, en nuestro lugar, también fueron completos.

Se continuará …

[1] Al final de esta lección todos los alumnos deben haber aprendido el “Credo de los Apóstoles” de memoria.