En la lección pasada empezamos nuestro repaso del “Credo de los Apóstoles” a fin de que tuviésemos un mejor conocimiento del contenido de nuestra fe. En esta presente lección continuamos con este repaso.

Ya habíamos llegado al artículo que confiesa que Jesús descendió al infierno, para pagar allá por nosotros la totalidad de nuestra deuda, o sea, el último detalle de la sentencia contra nosotros. Ahora empezamos a estudiar los pasos en la realización de la victoria, también para nosotros. Los pasos negativos se suelen llamar la “humillación”, y los pasos positivos su “exaltación”. Los dos términos tienen su base en Filipenses 2:5-11, con énfasis en los versículos 8 y 9.

El Credo hace énfasis sobre la realidad histórica del acontecimiento de la resurrección.  Confesamos “al tercer día”, relacionando así la resurrección con otros eventos históricos, en especial,  la crucifixión, la muerte y la sepultura de Jesús, pero también su concepción, nacimiento y sufrimientos. Debemos entender la resurrección como parte del proceso histórico que resultó en nuestra salvación. No es un evento aislado, sino parte de un plan que se desarrolla en la historia humana. Por eso, decimos “al tercer día”.

La resurrección de Cristo quiere decir que la muerte está vencida y somos resucitados en Cristo a una nueva vida (ver Colosenses 3:1).El creyente, entonces, por la resurrección de Cristo, puede hacer buenas obras; el que no es resucitado con Cristo, todavía está muerto en sus pecados y delitos, y no puede hacer buenas obras. El que es salvo sí puede hacer buenas obras, pero no las necesita porque Cristo hizo todo, pero el no creyente no las puede hacer. Ahí vemos la imposibilidad de salvarse por las obras. Si hemos resucitado con Cristo, podemos glorificar a Dios con nuestras obras, porque no las necesitamos para ganarnos la salvación.

La ascensión de Cristo, que afirmamos cuando decimos “subió al cielo”, es parte de la misma cadena de eventos concatenados. Hubo testigos. Sus discípulos lo vieron ir.  Algunos piensan que por la realidad de la ascensión, Cristo ya no está con nosotros, y que no estará sino hasta que venga de nuevo. Pero, Cristo está con nosotros, tal como Él mismo prometió, hasta el fin del mundo. Su presencia, sin embargo, no es ahora una presencia física, en cuanto a su naturaleza humana, sino siendo Dios, su presencia, majestad, deidad, gracia y espíritu en ningún momento está ausente de nosotros.

Su presencia en el cielo nos es de gran beneficio. Jesús mismo es nuestro intercesor delante del Padre; siempre aboga por nosotros.  Además, es la garantía de que nosotros también tenemos lugar en el cielo. Él mismo dijo: “voy a prepararles lugar”. Ejerce su ministerio desde el cielo; no está inactivo.

Un gran beneficio de  su aceptación en el cielo, además de la garantía de que el Padre lo recibió en su naturaleza humana, indicando que el sacrificio, hecho para nosotros,  fue aceptado, es que nos envía su Espíritu para consolarnos, potenciarnos y capacitarnos para servir a nuestro Rey y Salvador.

Muy relacionada con el hecho de la ascensión es la sesión de Jesús a la diestra del Padre. El Credo es enfático: “está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso”. La afirmación es contundente. Hace resaltar la realidad y actividad presente de nuestro Salvador.

El lugar, cuidadosamente especificado, es significante. Donde está sentado, con el derecho de ocupar el lugar y la función involucrada en él, es “a la diestra de Dios Padre Todopoderoso”. Esto quiere decir que es el “ejecutivo” de la voluntad y autoridad de Dios Mismo. Jesús mismo lo dijo en la “gran comisión” (Mateo 28:18): “toda potestad me es dada …”.  Sentarse a la diestra del Padre, por supuesto, es un honor, pero no es un honor pasivo. Nuestro Salvador, coronado con gloria y honor, ejerce la autoridad de Dios sobre toda la creación. Todo está sujeto debajo de sus pies (Hebreos 2:8). Esto quiere decir, para nosotros, que todas las promesas y predicciones de Dios se cumplirán. La providencia de Dios se queda en pie, y su administrador es nuestro Salvador, quien es el Señor de Señores.

También la diestra del Padre es el lugar de “embarque” para la segunda venida de Jesús. El Credo, reflejando bien la enseñanza bíblica, dice “desde allí” vendrá. Llama la atención sobre el punto de salida. Esto hace resaltar la íntima conexión entre los distintos artículos del Credo y, más importante, las varias doctrinas bíblicas.

Sin embargo, la enseñanza sobresaliente de este artículo es la de la segunda venida de Jesús. La segunda venida es parte de la exaltación de Cristo, es uno de los pasos indispensables. No cabe duda: esta doctrina también es un elemento importante en nuestra esperanza y consolación. Esta doctrina nos da la seguridad de un porvenir, y no hay esperanza sin un seguro porvenir. Tampoco es consolación para nosotros pensar que todo se acabó con la presencia de Jesús en el cielo. La verdadera consolación para nosotros es “todavía hay más”. La idea (correcta) de la segunda venida de Jesús da sentido a nuestra vida ahora: sabemos hacia dónde vamos, y existimos para tener nuestro encuentro con Él. Cuando Jesús viene de nuevo, viene para declarar justo a todo creyente y para llevarlo con Él, personalmente, a la gloria celestial, a la plena comunión con el Padre, de quién somos hijos, por la gracia de Dios.

En el siguiente artículo del Credo, entramos en la tercera parte de la principal enseñanza del Credo, que es la doctrina de la tercera Persona de la Trinidad. Afirmamos que creemos en el Espíritu Santo.

Hemos dicho arriba “la tercera persona de la Trinidad”. Con esto afirmamos que el Espíritu Santo es persona, a igual con las otras personas de la Trinidad. Mientras que no tenemos problemas con pensar en el Padre y el Hijo en términos de personas, no está tan fácil pensar en el Espíritu Santo de esta manera. Muchos, por ejemplo, los llamados “Testigos de Jehová” y todos los que niegan la Trinidad,   hablan del Espíritu Santo como un poder, una influencia, la “fuerza viva”, de Dios, pero que no fuera realmente Dios, ni  persona.

El Espíritu, confesamos, es igualmente Dios, con el Padre y el Hijo. Si ellos son personas, también el Espíritu Santo lo es. Además, la Biblia siempre habla de Él como persona, con personalidad. Dice que Él enseña, testifica, quiere, se entristece, consuela,  habla, ayuda, etc.  Todas ellas son actividades de una persona. El Espíritu es Dios Eterno; no llegó a ser Dios. En Génesis 1, “se movía” sobre la faz de la creación, y ahora mora en el creyente.

El Espíritu me guía, me orienta y me hace partícipe de Cristo y de todos sus beneficios.  La obra del Espíritu Santo es parte integral de la obra de Dios Trino y se entiende solamente en este contexto. Aunque la obra medular del Espíritu Santo se realiza en el creyente, no se puede identificar el Espíritu con la experiencia de éste. Conocemos al Espíritu por la revelación, esta auto-revelación de Dios en que se nos da a conocer. El supuesto conocimiento del Espíritu Santo, que algunos afirman tener por experiencias especiales, no es “conocimiento” confiable. El conocimiento en que podemos confiar es el que el Espíritu Santo Mismo nos da en su Palabra.

Aunque parece que el Credo tenga solamente un artículo sobre el Espíritu Santo, una cuidadosa mirada a la gramática del Credo nos hará notar que la frase que sigue es una continuación de la afirmación anterior. La iglesia es obra del Espíritu Santo, y no se puede pensar en la iglesia sin pensar en el Espíritu Santo. Un poco más tarde hablaremos en mas detalle sobre la iglesia, pero ahora vamos a hacer algunos comentarios sobre el asunto.

En primer lugar, la enseñanza (doctrina) bíblica de la iglesia es parte de la fe que profesamos. No podemos dejar fuera de nuestra profesión lo que la Biblia dice sobre la iglesia, ¡y dice mucho! En segundo lugar debemos notar que hacemos tres aseveraciones acerca de los atributos de la iglesia, y una sobre su naturaleza. Decimos que la iglesia es (1) una, (2) santa, y (3) universal [católica]. Esos son sus atributos. Su naturaleza es que es “la comunión de los santos”.

La iglesia es una, una sola, aunque hay una multitud de organizaciones religiosas que se llaman iglesia. Sin embargo, la iglesia es una en que se compone de todos los que están unidos a Cristo por la fe: todos ellos, y nadie más. La única iglesia (a veces llamada “la iglesia invisible”) consiste en todos los eficazmente llamados por el Espíritu Santo a formar parte del cuerpo de Cristo, y Cristo tiene sólo un cuerpo.

La iglesia es santa. No es visible este atributo, pero la realidad es que la iglesia es santificada en Cristo, lavada de todos sus pecados y apartada para Dios mismo. Santo (o santificado) quiere decir apartado para un propósito especial. Dios ha apartado a los creyentes, que forman la iglesia, como su especial tesoro, nación santa, linaje escogido y pueblo adquirido.

La iglesia es universal (y católica). No usamos mucho el vocablo “católica”, pues el nombre se ha identificado con un solo grupo o jerarquía. Las dos palabras, aunque en cierto sentido sinónimos, se complementan. “Universal” se refiere a su extensión, y “católica” a su composición. Se extiende a todo el mundo, a cada parte del globo terrestre, y se compone de todos los pueblos. La iglesia se compone de todas las naciones y se extiende a todas partes. El énfasis bíblico sobre el hecho de que todas las naciones, lenguas, tribus y pueblos constituyen la iglesia se capta mejor en la palabra “católica”. El uso corriente de la palabra va en contra de su verdadero sentido.

La naturaleza de la iglesia se caracteriza en que la iglesia es una “comunión de los santos”, es decir, el “conjunto de los redimidos”. A esta “comunión de los santos” se pueden aplicar los tres atributos mencionados arriba. Esta verdad tiene implicaciones prácticas. Se hace miembro, no básicamente de una organización, sino de una comunión, y este concepto trasciende por mucho la idea de una mera organización. Además, es a la vez, para el creyente, una bella experiencia y una solemne obligación ética.

Esta verdad no solamente tiene que ver con cómo vemos a la iglesia, sino más bien cómo vemos a los otros miembros de la iglesia, y también con cómo vemos a nosotros mismos como miembros de la iglesia; por ende, tiene que ver con cómo nos relacionamos los unos con los otros. Es un artículo de nuestra fe que la iglesia es así: una comunión de los santos. Cuando hacemos profesión de nuestra fe nos hacemos partícipes de esta comunión; tenemos que creerlo y vivirlo.