Seguimos repasando los artículos del Credo apostólico. Estamos casi al final de la parte que habla del Espíritu Santo y su obra. Esta parte es importante porque habla de nosotros como miembros de la iglesia, es decir, como participes de la “comunión de los santos”.

La participación en esta comunidad es esencial para la vida espiritual del creyente, Por eso, el nuevo creyente busca participar en la iglesia; es muy natural, casi un impulso inconsciente, para el creyente tomar los pasos para participar en la iglesia, esa comunión de los santos. El nuevo creyente tiene este deseo como también los que han crecido en la iglesia y se van acercando a su madurez. No podemos decir que es imposible que una persona mantenga su fe y crezca en ella sin que participe en esta comunidad, pues hay y ha habido casos de creyentes a quienes les fue y todavía es imposible participar en la comunidad de los santos. Pero estos son casos extremos y extremadamente raros, y su número es muy bajo. Aunque Dios da una gracia especial en estos casos, esto no nos proporciona excusa de no participar en la comunidad de los santos y descuidar así el crecimiento espiritual que necesitamos. Una de las tentaciones más usuales del diablo (y suele ser muy eficaz) es la de promover el tipo de individualismo que nos hace pensar que podemos seguir creciendo como cristianos aparte de la iglesia. El efecto de caer en esta tentación siempre es negativo y desastroso.

Una de las razones más importantes para esto es que la iglesia, como organización (o institución) es el “ministro”, puesto por Dios, para efectuar el mantenimiento y el crecimiento espiritual de sus miembros. Lo hace por medio del ministerio de la palabra, por la predicación y la administración de los sacramentos. Es importante notar que las dos formas son “ministerio de la Palabra”. Uno usa el habla para explicar la Palabra y apela al oído; el otro usa símbolos como ilustraciones (junto con la explicación) y apela a los otros sentidos. Por supuesto, el ministerio de los sacramentos, para su eficacia, depende del conocimiento y convicciones del que participa: por eso se administran solamente a los creyentes, para su continuado crecimiento en su vida espiritual. El descuidar cualquiera de los ministerios de la iglesia hace daño espiritual al creyente.

La predicación en la iglesia tiene que ser una exposición de la Palabra. Es muy posible que los creyentes necesitemos exhortación e “inspiración” en la vida moral y en cuanto a las actitudes que tenemos hacia la vida, y estamos dispuestos de recibir consejos y asesoría en cuanto a ello, pero esto no es predicación de la Palabra. Este ministerio en la iglesia siempre debe ser una clara explicación del texto bíblico, con, desde luego, indicaciones sobre como aplicar estas enseñanzas en nuestra vida.

Los sacramentos son dos: el Bautismo y la Cena del Señor. Los dos son continuaciones y transformaciones, en el Nuevo Testamento, de los dos sacramentos del Antiguo Testamento. Algunos, para evitar el vocabulario del catolicismo, en lugar de emplear la palabra “sacramento” emplean la palabra “ordenanza”. Se puede entender y aceptar esta opinión, pero parece más claro decir “sacramento”, ya que esta palabra tiene una referencia más precisa, y las “ordenanzas”, en la Biblia, son muchas y variadas. Sin embargo, no cabe duda, los sacramentos son ordenanzas de Dios.

El bautismo, en el Nuevo Testamento, como la circuncisión en el Antiguo, representan la entrada en el pacto.  En el Antiguo Testamento el énfasis caía sobre el niño, nacido en el pacto, y esto exigía de los padres un cuidado y una disciplina especiales en cuanto a este niño, ya que Dios, de una manera bíblica de hablar, había puesto su sello sobre ellos. En el Nuevo Testamento el significado es lo mismo, pero ahora más profundo y rico, ya que Cristo en su ministerio hizo a los hijos del pacto “aceptos en el Amado”. La verdad, sin embargo, sigue siendo la mismo: son hijos del pacto, y los padres hacen los votos del pacto. Para los adultos, el significado es lo mismo; es decir, es la entrada en el pacto; la diferencia es que ellos mismos hacen los votos.*

La Cena del Señor, como la Pascua del Antiguo Testamento, tiene que ver con recordar un acontecimiento histórico. Los elementos son símbolos de este acontecimiento. En la Cena del Señor (a veces llamada también la “Santa Cena”) el vino y el pan son símbolos de la muerte de Jesús. Lo que conmemoramos es el sacrificio de Jesús  que pagó la sentencia de muerte por nuestros pecados.

No debemos dar valor automático y místico a los sacramentos como si pudieran en sí proporcionarnos una bendición, o el perdón del pecado. Su eficacia reside en la verdad que representan, y no en el rito o la ceremonia en sí. Su fin es fortalecer y robustecer nuestra fe. Son, como dice Calvino, una forma de predicación.

Después de hablar de la iglesia, afirmamos, con el Credo, que creemos en el perdón del pecado. Cuando decimos esto, afirmamos la más básica esperanza del cristianismo. Toda nuestra esperanza está en esta verdad. Pero, tenemos que preguntarnos ¿qué queremos decir con estas palabras? ¿Qué es el perdón? Y ¿cómo podemos afirmar que creemos que lo tenemos?

En vías de la respuesta tenemos que notar la colocación de este artículo. En el Credo está en “aposición” a la confesión de que la iglesia es la “comunión de los santos”. Los “santos” son los perdonados. No se puede confesar ni creer que la iglesia es la comunión de los santos a menos que creamos en el perdón de los pecados (que realmente es el perdón de los “pecadores”). Cada miembro de la iglesia es santo porque es perdonado.

A veces en lugar de hablar del perdón del pecado hablamos de la “remisión” de los pecados. “Remitir”, según el diccionario de la academia, quiere decir “perdonar, alzar la pena, eximir o librar de una obligación”. Perdonar o remitir quiere decir, entonces “eximir de una obligación”. La obligación es pagar la sentencia contra nosotros por nuestros pecados. Dios nos exime de esta obligación ya que la cobró a su Hijo, a Quien mandó a tomar nuestro lugar. La iglesia es la asamblea de todos aquellos a quienes Dios eximió, es decir, libró de la obligación de pagar la sentencia de muerte, y envió a su Hijo a pagarla.

Creemos también en la “resurrección de la carne”.  En el mundo griego, dónde se pensaba que la carne era mala, y el cuerpo la cárcel del alma, el confesar que se creía en la resurrección de la carne era un sinsentido. Pero, creían esto porque no sabían quien es el hombre; no lo conocía como la creación de Dios. Ni sabían la doctrina de la creación, porque no conocían a Dios. Dios había creado el cuerpo humano como el perfecto y necesario complemento del alma. Si leemos bien Génesis 2:7, Dios hizo al hombre de polvo y soplo en su nariz el aliento de vida y el ser humano llegó a ser el “alma viviente”.  No debemos olvidar que el cuerpo es  (repito) el perfecto y necesario complemento del  ser que es “alma viviente”. Tener otra idea es no tener el concepto bíblico de lo que es el ser humano, y la única manera de saber correctamente quién es el hombre es consultar con Dios el Creador, que nos dice quién es por la revelación. Todo el énfasis bíblico sobre la resurrección, la nuestra y la de Jesús, está en función de la importancia de la resurrección de la carne.

Este concepto nos liga con la última frase del Credo, que es su última afirmación. Decimos que creemos en la vida perdurable. Perdurar quiere decir durar para siempre. La vida perdurable no es un cierto tipo de existencia incorporal como un pensamiento que se esconde tras las nubes, sino una vida en que el cuerpo será, como fue creado; el perfecto instrumento para que el alma glorifique (por medio de servicio) a Dios. La vida perdurable, como toda vida, es para vivir. No es estar en un tipo raro de una cuasi-exitencia, sino una plena existencia, cuerpo y espíritu, unidos perfectamente en un alma viviente.

Esta afirmación es la expresión de la convicción, nacida de las verdades bíblicas, de que la muerte no es el fin. Esto, desde luego, da otro enfoque a la vida. Vivimos de una manera si pensamos que la muerte es el fin; pero vivimos de otra manera si estamos seguros de que hay una vida después de ésta y que de alguna manera esta vida es una continuación. Por lo menos, es una continuación de la persona. Creemos que la persona no termina con la muerte sino perdura más allá de la muerte, y es la misma persona. Seguimos conociendo a Dios, y Dios sigue conociendo a nosotros.

Esto, por supuesto, está relacionado con la verdad de que Cristo vive y está preparando un lugar para nosotros, para que donde Él esté nosotros estemos también. Esta verdad debe ser constantemente consciente, y debe ser la principal orientación de nuestra vida. Es lo que da sabor y propósito a la vida, y es una verdadera esperanza, la que Pedro llama una “esperanza viva”

Terminamos el Credo con un “amén”, como en nuestras oraciones. “Amén” no quiere decir “el final” o “ya terminamos”. “Amén” literalmente quiere decir “así sea” como un sincero deseo, pero su uso es mucho más amplio que su sentido literal. Es la expresión de una convicción y de un compromiso.

Esto de convicción y compromiso es importante precisamente para los que esperan tomar sobre sí las obligaciones de membresía en una iglesia. Decir “amén” es hacer el tipo de voto necesario. “Amén” quiere decir “estoy de acuerdo y, por eso, me comprometo”. Es como decir el “si” en las bodas, o al adoptar un niño, o al hacer un contrato, o hacer un solemne compromiso. Parte  de hacer un compromiso con la iglesia de ser miembro fiel, es hacer un compromiso con sus normas doctrinales. Para ser miembro, la iglesia tiene el derecho de pedir a los candidatos que indiquen su acuerdo con su doctrina diciendo “amén” al Credo.

El decir “amén” en voz alta o en silencio es un aspecto importante de la vida espiritual de una iglesia. En nuestra iglesia, muchos miembros dicen “amén” con el pastor al final de la oración congregacional, o al final de la bendición. Esto indica su aprobación y participación; tiene que ver con sus convicciones y creencias. En algunas iglesias, muy poco en la nuestra, algunos miembros dicen “amén” después de que el pastor dice una verdad importante, como pasa en nuestro culto de resurrección. Cuando dijo el pastor que Cristo vive, varios respondieron”amén”, pues fue su convicción también.

Sobre todo tenemos que decir amén al sistema de verdad que se enseña en la iglesia, en especial en nuestra iglesia, porque el sistema de la verdad que se enseña es el sistema de verdad de la Biblia, y es el sistema que se expresa en el Credo. Por eso, el decir “amen” al final del Credo es muy importante para la iglesia y para cada miembro de la iglesia.

* Los domingos # 26 y #27 del Catecismo Heidelberg de una explicación más amplia que podemos dar aquí. Ver el libro sobre el “catecismo” escrito por el autor de estas líneas, publicado por El Faro.

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