Ya hemos visto algo sobre la doctrina de la iglesia en nuestro estudio del Credo Apostólico. Allí hablamos de los atributos de la iglesia, o sea, una descripción de su esencia. Notamos que la iglesia es una, santa, y universal (y católica).   No vemos esto en la realidad de la iglesia, pues la iglesia que vemos  está lejos de ser unida, ni se ve santa, ni correctamente universal. Esto es porque los atributos hablan de la esencia de la iglesia.

Sin embargo, la iglesia tiene una manifestación. Se nos presenta. Podemos observarla y describirla. Lo que vemos son sus marcas; toda descripción es externa, pero por eso la podemos identificar. Las marcas de la iglesia son importantes porque nos permiten distinguir una iglesia verdadera de una falsa. Pues la triste verdad es que no todo lo que se llama iglesia es verdaderamente una iglesia. Si sabemos cuáles son las marcas de la iglesia tenemos una norma para juzgar, y para hacer un buen juicio.

Las marcas de la iglesia son tres: (1) la pura predicación de la Palabra,  (2) la correcta administración de los sacramentos, y  (3) el fiel ejercicio de la disciplina. Algunos pensadores ponen una cuarta: la constante actividad evangelística. Estamos muy a favor de la actividad evangelística, pero esta actividad realmente es parte de la primera, o sea, la pura predicación de la Palabra. Vamos a estudiar estas marcas, una por una. Ya que las marcas son indispensables para distinguir la iglesia verdadera de la falsa.

La primera marca, la pura predicación de la Palabra, es primera porque de ella depende la existencia misma de la iglesia. Sin la Palabra, y sin la predicación de la Palabra, no hay iglesia, ni puede persistir cual iglesia que pudiera haber.  Puede seguir existiendo cierta organización religiosa que en su forma se asemeja a una iglesia, pero si no hay predicación de la Palabra, esta agrupación no es iglesia. Es simplemente una “asociación religiosa”. La principal marca para distinguir la iglesia verdadera es la predicación de la Palabra.

Con la predicación no hablamos de una forma retórica. Debido a que el discurso religioso suele tener una forma sermónica, y el “sermón” es una forma retórica, es fácil identificar la predicación con esta forma, pero es un error hacerlo. Aunque los sermones suelen tener cierta forma, esta forma no es su esencia. La predicación es anunciar, proclamar y explicar los temas que el texto bíblico nos presenta. La verdadera predicación nunca está lejos de la “exégesis”, el análisis del texto bíblico y la formulación de sus enseñanzas en una forma que pueda facilitar su comunicación. El fin siempre es que el que oiga el sermón pueda entender el texto en que se basa y estar convencido de que es una proclamación de la verdad del texto, entendido en su contexto.

Los comentarios sobre la cultura, la política, la televisión, etc. pueden formar parte de un sermón como ilustración, explicación y aplicación, por supuesto, pero no son en sí la predicación. Tenemos que tener cuidado aún con los sermones “prácticos” y/o “éticos”, pues la predicación no tiene como fin el efectuar un cambio en el comportamiento de las gentes, sino su propósito es comunicar con claridad la Palabra de Dios, y la Palabra efectuará  sus cambios. Por ejemplo, si predica sobre Romanos 12, el predicador no debe decir que estos son los cambios que deben hacer en su vida, sino que estas son las normas que deben regir en su vida y, seguramente, exigen que hagan estos cambios en su vida, pues la Palabra lo dice.

Esto no quiere decir que el predicador debe hacer referencia de cuando en cuando a la Biblia, más  bien debe proclamar con autoridad la clara enseñanza del texto que expone. Si es una predicación doctrinal, el texto puede ser compuesto de varios pasajes bíblicos, de distintas partes de la Biblia que en su conjunto sería la base de la proclamación. Esto es muy diferente que presentar su propio pensamiento y hacer referencia a distintos textos bíblicos para apoyar su pensamiento, que al fin siempre queda como el pensamiento del predicador.

Los miembros de la iglesia tienen una gran responsabilidad en cuanto a la predicación. No deben tolerar en la iglesia discursos que no sean la pura predicación de la Palabra. (Con la excepción, por supuesto, de coloquios, congresos, foros, etc. que no son cultos y su intención no es la exposición directa de la Palabra.) Los miembros de una iglesia deben ser muy exigentes en esto, y el (o la) que hace su profesión y llega a ser mimbro de la iglesia debe estar dispuesto(a) a cumplir con esta obligación. El cuidar la predicación a fin de que sea de la Palabra, es obligación especial de los oficiales de la iglesia, pero los miembros que no sean oficiales no pueden escapar esta obligación.

Siempre está presente la tentación de pensar que la organización, o alguna técnica, es lo que establece la iglesia y lo que hace que ellas crezcan y persistan. Tenemos que resistir esta tentación y poner nuestra confianza en la pura predicación de la Palabra para hacerlo. Desde luego, los pastores tienen la responsabilidad de predicar bien. Tienen que estudiar la Biblia y las formas de comunicación, o sea, como explicar las verdades de la Biblia. Si no lo hace bien la iglesia debe, por medio de sus oficiales, sugerir que éste debe buscar otra forma para servir al Señor. Los oficiales deben asegurarse  que al que llamen de pastor tenga la capacidad, preparación y disposición de cumplir con las exigencias del oficio de predicador, antes de presentarlo a la congregación como candidato para predicador. Y todos los miembros de la congregación tienen la obligación de participar activamente en el proceso.  Todo esto está implícito en el hecho de que la pura predicación de la Palabra es la primera marca de una iglesia verdadera.

La segunda marca, la correcta administración de los sacramentos, está íntimamente relacionada con la primera. Los sacramentos son las ordenanzas instituidas por Cristo mismo, como continuaciones y transformaciones de las instituidas por Dios en el Antiguo Testamento, por los cuales mediante signos sensibles se representan, sellan y aplican a los creyentes, la gracia de Dios en Cristo y los beneficios del pacto de gracia.

Los sacramentos complementan la Palabra, a tal grado que Juan Calvino los llamaba una predicación sensible. Es una predicación por signos sensibles para confirmar en el creyente la verdad en que cree. No tienen eficacia automática, sino siempre están en relación con la Palabra. No produce beneficio ninguno la aplicación de un sacramento separado de la Palabra. Aun en el bautismo de los niños, se proclaman la fe y convicción de que Dios hará, por medio de su Palabra, la gracia representada en el sacramento. La negación de las verdades centrales del evangelio afectará la forma de la celebración de los sacramentos y un cambio en la forma de celebrarlos provocará distintas ideas en cuanto a las verdades centrales del evangelio.

Nuestro énfasis está sobre la palabra “correcta”. La segunda marca es la “correcta” administración de los sacramentos como una distinción de la iglesia verdadera. La correcta administración empieza con saberlos contar. Son dos. Lo afirmamos sobre la base de la clara enseñanza de la Biblia. Fueron dos en el Antiguo Testamento (la circuncisión y la pascua) y son dos en el Nuevo Testamento (el bautismo y la santa cena).  A este número no podemos agregar ni quitar. La iglesia de Roma ha aumentado el número hasta siete, y otros grupos hasta tres (o más) y otros grupos han quitado uno (o los dos).

Los elementos en los sacramentos no efectúan  automáticamente lo que representan, ni se transforman en otra cosa. El agua en el bautismo es agua normal, no agua bendita. (Podemos decir a la vez que “toda agua es bendita” y que “no hay tal cosa como agua bendita”). De la misma manera, el vino y el pan, en la santa cena, son vino y pan común y corrientes. (Aunque en la pascua se empleaba el vino fermentado, porque no había en aquel entonces forma para prohibir la fermentación, como la pasteurización, hoy en día, y por eso Jesús también usó el vino fermentado en la primera santa cena, podemos decir que el uso de uno o el otro en la celebración no cambia el sentido del sacramento, porque en todo caso son representaciones o símbolos.) El vino no se cambia en sangre ni el pan en carne, sino son representaciones. No es importante que tengamos a Jesús en el estomago, sino que creemos de todo corazón que su sacrificio nos salva.

La correcta administración de los sacramentos incluye una consideración de la fe de parte de los que los reciben. No se los pueden administrar separados de la fe. El bautismo se administra sobre la basa de la fe en las promesas de Dios. El que lo recibe como adulto tendrá esta fe y se sabrá que está incluido en el pacto de gracia. El bautismo de los niños incluye los votos de parte de los padres de que confían en este pacto y lo enseñarán a sus hijos. En ningún caso el bautismo efectuará la fe, sino se hace basado en la fe, que es una condición previa.

Ninguna persona que no haya hecho su profesión de fe puede participar en la cena del Señor. Tiene que mostrar su fe para recibir los elementos. Aunque la persona sea de una familia evangélica y que haya crecido en la iglesia, mientras que no haga su profesión de fe, no puede participar en la santa cena, aunque, puede estar presente como observador. La necesidad de “examinarse a sí mismo” hace que no sea legítimo ofrecer los elementos a los que no han dado testimonio público de que están dispuestos y son capaces de hacer este examen.

Otra marca de la iglesia verdadera es el fiel ejercicio de la disciplina. No solemos entender bien esta marca.. Solemos pensar en la disciplina en términos de restricciones, limitaciones, reprehensión, castigo, sanciones y pena.  Ninguna de estas palabras da una representación fiel de lo que es la disciplina. La disciplina pone las condiciones para el crecimiento, desarrollo y orientación. En la iglesia la disciplina funciona con este fin. Lejos de deshacerse de miembros indeseables es la ayuda, a veces fuerte, a desarrollarse en la vida cristiana.

El hecho de que los que quieren hacer su profesión de fe tengan que sostener una entrevista con los oficiales de la iglesia, y luego dar testimonio en público, es un ejercicio de disciplina en la iglesia. El fiel ejercicio quiere decir que lo hace de acuerdo con las reglas. No admitimos como miembros a ciertas personas porque son hijos de los oficiales o primos del pastor, o porque pueden hacer grandes donativos, sino cumplimos con la regla: entrevista y testimonio público. Cuando una persona hace su profesión de fe, ésta voluntariamente promete someterse a la disciplina de los oficiales, quienes actúan de acuerdo con el reglamento, siempre en función del desarrollo del creyente como miembro de la iglesia.

Estas son las marcas de la iglesia, y su importancia está en el mismo orden que las estudiamos. Pero cada iglesia verdadera debe mostrar las tres. El propósito es de perseverar la iglesia como fiel al evangelio, celosa por su testimonio en el mundo y dedicada al desarrollo espiritual de sus miembros.