Cuando una persona cree en Cristo y confía solo en Él para su salvación, o sea, cuando acepta la promesa de Dios de otorgarle todas las beneficios prometidos a los que están en Cristo, esta persona tiene un nuevo compromiso con Dios. Es una nueva relación, y es una relación de pacto. En términos de la teología es el “pacto de gracia”.

Un pacto es un “compromiso por palabra”. Un pacto es un convenio entre dos o más personas. Preferimos la palabra “pacto” al vocablo “convenio” porque la idea de convenio es la de negociar para llegar a un acuerdo en que las dos partes ponen sus condiciones y hacen su oferta, o se ligan para realizar un proyecto. En un convenio, el acuerdo casi siempre está en función de lograr un beneficio para cada uno. Un pacto, sobre todo un pacto unilateral, resulta cuando una parte pone las condiciones y todos los términos de la oferta, o el contenido de la promesa. No hay posibilidad de negociar, ni cambiar las condiciones ni aumentar la oferta. Sin embargo, al entrar en el pacto estamos comprometidos por sus términos, y tenemos que cumplirlos, pues si no, no estamos en el pacto. Tal es el pacto que Dios hace con nosotros. Promete darnos la vida en Cristo –salvación, perdón y adopción–, y, al aceptarlo por fe, tenemos el solemne compromiso de vivir como la nueva criatura que somos en Cristo. Por supuesto, no podemos vivir como una nueva criatura a menos que tengamos la vida nueva en Cristo. Esta nueva vida no la vivimos para ganar la salvación, perdón y adopción; ya los tenemos en Cristo. Y vivimos esta realidad como la plena realización de ello, como una expresión de gratitud y servicio.

Un compromiso implícito al ser creyente, es decir, estar en esta relación de “pacto” con Dios, es de vivir públicamente como ciudadano del Reino de Cristo. Esto incluye una profesión pública de fe. El creyente empieza su vida como miembro de la iglesia con este acto. Pero, no es una mera formalidad, como si fuera algo que se hiciera solamente en esta ocasión, sino es más bien el verdadero inicio de una vida pública como creyente en el Señor, en la que se da testimonio público en todas las áreas de la vida.

Un compromiso con Dios es un compromiso con el pueblo de Dios. No es posible agradar a Dios y despreciar a su pueblo. Dios dice que su pueblo es la “niña de su ojo” (Zac.2:8; Deut.32:10). Lo ama, lo aprecia y lo cuida con un afecto y un cariño especial. Para llevarse bien con Dios hay que llevarse bien con su pueblo. (Tenemos que usar mucha discreción aquí, porque no todo lo que se dice ser pueblo de Dios lo es; lo que vimos en la lección anterior acerca de las marcas de la iglesia nos puede ser útil en esto).  El que nace de nuevo, en familia nace. El cristiano siempre es parte de una comunidad que es la comunidad de los redimidos, y si es redimido es de la familia. Dios ama a la comunidad, y a cada uno de sus miembros, en comunidad.

La comunidad también nos es importante para nuestro desarrollo espiritual individual. A veces tenemos la tendencia de distinguir y separar la comunitario de lo individual. En la vida espiritual no debe ser así; los dos aspectos van juntos: somos individuos en comunidad.  Si nos esforzamos a favor de la espiritualidad de la comunidad, nos hacemos un favor a nosotros mismos, y si nos esforzamos para desarrollar nuestra espiritualidad personal, al mismo tiempo beneficiamos la comunidad. En lugar de hacer una distinción y un contraste entre lo individual y lo comunal en el cristianismo, tenemos que aprender combinarlos en nuestra vida cotidiana.

Un concepto bíblico, necesario para  tener  una comprensión correcta de nosotros mismos (para entendernos como miembros del pueblo de Dios y, a la vez, como individuos), es el concepto de que somos mayordomos. Si como cristianos, sabemos que no pertenecemos a nosotros mismos; pertenecemos al Salvador quien nos compró con su sangre. Todo lo que somos y todo los que tenemos pertenece al Señor y ha de usarse para Él. Dentro de este “todo” lo que pertenece al Señor están nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestras capacidades y habilidades, como también nuestras posesiones. Y por su puesto, nuestros ingresos. Celebramos el alto puesto de ser mayordomos del Altísimo con el diezmo. Es un sincero reconocimiento, formal y cariñoso, del hecho de que somos solemnemente encargados para administrar para Él todo  lo que está confiado a nosotros como siervos del Señor.

Aunque, Dios, en su soberana providencia, emplea los mismos diezmos para bendecir a su pueblo y darle la provisión espiritual necesaria, no debemos pensar que el diezmo es un arreglo financiero o comercial. Es más bien un acto simbólico significando que nos reconocemos por quienes somos, o sea, la otra parte en el pacto que Dios hizo con nosotros.  Es la voluntad de Dios que le respondamos así por la gracia que nos ha dado en Jesucristo.

También, como un acto de alabanza y una libre expresión de nuestro gozo y gratitud, damos ofrendas a Dios. Éstas están por encima del diezmo, que debemos a Dios. Éstas son “lo que proponemos en el corazón”, es decir, lo que hemos libremente decidido ofrendar como una sincera expresión del amor hacia Él que le tenemos como sus hijos.

Una forma para ser una bendición a la iglesia y ser responsables ciudadanos en el reino del Reino de Cristo es tener un cuidado de nosotros mismos como propiedad de Dios y como miembros de la iglesia. Tenemos que atender nuestras necesidades espirituales y proveer la alimentación necesaria para crecer en la gracia. Esto implica una asidua asistencia a los cultos donde hay una exposición de la Palabra de Dios. Podemos disfrutar la música, el compañerismo y otros elementos, pero la exposición de la Palabra es esencial para nuestra salud espiritual. La debilidad espiritual está en proporción directa con la negligencia de los “medios de gracia”, que son la predicación de la palabra y celebración de los sacramentos. Lo contrario también es la verdad: los que asisten con regularidad a los cultos y escuchan con atención a la exposición a la Palabra suelen tener una vida espiritual más robusta y vibrante que los que descuidan de este aspecto de la vida cristiana.

A propósito usamos la frase “exposición de la Palabra” y no “predicación”. Deben ser sinónimos, pero desgraciadamente no siempre es así, a veces lo que pasa por “predicación” no es una exposición de la Palabra. Es la responsabilidad de cada uno que haga su profesión de fe y ejerza el oficio de miembro el poder detectar cuando la predicación no lo es (esta responsabilidad, por supuesto, es una función especial de los ancianos, pero cada miembro tiene que colaborar en esto). El miembro de la iglesia viene a los cultos para ser bien alimentado en la Palabra, y tiene el derecho de esperar la adecuada alimentación. Y deben exigir que se la den.

El cristiano tiene que re-educar su conciencia. De hecho, es parte del compromiso que hace con Dios cuando se hace miembro de su pueblo, la iglesia. Tiene que darle nuevas normas, pautas, metas y fines. Cada ser humano tiene conciencia; es parte de lo que le distingue como ser humano. Pero solamente el cristiano puede tener una conciencia cristiana. Sin embargo, teniéndola es nuestro deber educarla e instruirla, ya que, aun dispuesta de trabajar cristianamente, necesita la información de la Palabra de Dios con que trabajar. Las  normas y pautas antiguas ya no son las adecuadas; el cristiano no puede guiarse por ellas; es indispensable que tenga nuevas. Las nuevas vienen de la Palabra de Dios, y la comunión con el pueblo de Dios es un elemento significativo para aprender ponerlas en práctica.

El cristiano que tome en serio esta tarea de re-educar su conciencia pronto aprende que participar en las actividades de la iglesia es una de las maneras más eficaces para hacerlo. La conciencia siempre se desarrolla en comunidad. La familia es donde este proceso empieza, pero no todos los creyentes nacieron en una familia cristiana ni crecieron en una iglesia evangélica. Para estas personas la tarea es aun más urgente, y especialmente para ellos la experiencia de los otros creyentes es de un valor incalculable. Conversar con ellos, estar en estudios bíblicos con ellos, el disfrutar el compañerismo cristiano con ellos en las distintas sociedades y actividades de la iglesia y el observar sus reacciones y escuchar sus comentarios sobre los problemas de la vida (especialmente los problemas éticos) dan mejores resultados que un diplomado de postgrado sobre este tema en una universidad de fama. La vida en comunidad es uno de los medios que Dios ha provisto para que su pueblo, y cada individuo en él, crezca en la gracia y en la transformación de su conciencia.

No toda la vida cristiana se vive en la iglesia; somos miembros de la iglesia todo el tiempo, pero no pasamos todo el tiempo en ella. Pero, hagamos lo que hagamos, siempre lo hacemos como miembros del pueblo de Dios. Ahora tenemos que pensar en algunas de las actividades que hacemos, o podemos hacer, sin que lo hagamos en compañía con otros miembros de la iglesia. Una de estas actividades es orar. Oramos en los cultos, oramos en las sociedades y en otras actividades en la iglesia; pero, también oramos a solas.

Solemos pensar en la oración como una petición: el orar, para muchos, es simplemente pedir a Dios. Ahora bien, la petición es una parte de la oración, aunque quizá una parte mínima. En la oración reconocemos nuestra dependencia de Dios, que es saludable y recomendable, pero no es lo mismo que pedir. Cuando pedimos tenemos la tendencia de dar demasiado atención a nuestros deseos, y usamos la oración para informar a Dios lo que queremos. Dios sabe mejor que nosotros lo que necesitamos y lo ha tomado en cuenta. Dios nos dice por medio de Isaías (64:24 ) “Antes que clamen, responderé yo: mientras aun hablan, yo habré oído”.

La oración es comunicar con Dios; consultar y conversar con Él. La actitud siempre es de familiaridad y confianza, y especialmente de gratitud. Sabemos que somos “aceptos en el Amado” (Ef. 1:6) y, por eso, hacemos nuestras oraciones en el nombre de Jesucristo. Hacemos nuestras oraciones en su nombre no para que seamos aceptados, sino porque ya somos aceptados en Él. La distinción es importante: no oramos “para que ­…”, sino “porque”. Oramos a Dios porque ya nos había aceptado, porque Él es nuestro Padre Celestial, porque podemos tener comunión con Él, porque el se agrada con nuestras expresiones de alabanza, de gratitud, de amor, y (por supuesto) de dependencia. En nuestras oraciones siempre debemos dar gracias a Dios por nuestra iglesia, por nuestros hermanos en Cristo, por los cultos, por la Biblia (dentro de muchas otras cosas) y expresar que sabemos que dependemos por completo de su gracia.

Otra actividad que hacemos por iniciativa propia y a solas es consultar a Dios leyendo su Palabra. Es una actividad diaria, varias veces al día. Debemos tener un plan de lectura, desde luego, pero no leer simplemente para cumplir con el plan. Necesitamos otras lecturas, no planeadas, que nos serán de gran bendición. Notaremos que empezamos a pensar como Él, sentir como Él, y guiar nuestra vida por sus valores y criterios.  Muchos cristianos siguen un plan para leer la Biblia en un año, cada año. Es muy recomendable. Son varios de estos planes. Uno muy accesible es la que está publicado por la Sociedad Bíblica y disponible en nuestra iglesia. Pero este no es más que un inicio; debemos hacer más.